5 de octubre de 2026
Arturo Sánchez-Paz
Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste, S.C. (CIBNOR).
Laboratorio de Virología. Calle Hermosa 101, Col. Los Ángeles. Hermosillo, Sonora. México. CP. 83106.
5 de octubre de 2026
Algunas de las más grandes tragedias de la humanidad no suelen nacer de la falta de conocimiento, sino de la soberbia. La normalización de la desviación es un fenómeno invisible y altamente contagioso que nos lleva a creer que violar las reglas es aceptable si ayer sobrevivimos ilesos. Si la humanidad insiste en confundir la suerte temporal con la seguridad absoluta, estaremos condenados a presenciar la desintegración de nuestros mayores hitos y a pagar un precio devastador por haber normalizado nuestros errores. El éxito de nuestra especie jamás debe ser la justificación de la imprudencia del mañana.
Apenas rozaba los cinco años cuando transmitieron por televisión la llegada del hombre a la Luna. Mis recuerdos de ese momento son bastante difusos. Algunos vecinos y familiares emocionados nos acompañaban en mi casa esa noche. La transmisión, en una pantalla en blanco y negro, con una imagen poco definida, era narrada por Jacobo Zabludovsky. Si hoy la memoria de ese instante me resulta borrosa, los motivos del alboroto los comprendí años después.
Para un niño menor de cinco años, rodeado de cuentos y caricaturas, resulta natural e intuitivo asumir que hay seres humanos viviendo en la Luna. No había forma de que dimensionara el enorme esfuerzo científico, tecnológico y humano que requirió la llegada a nuestro único satélite natural y, por supuesto, no imaginaba la existencia de una “carrera espacial”. En muchos relatos actuales, este logro se presenta como una hazaña olímpica, una competencia en la que el primero de dos titanes (Estados Unidos o la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) resultaría ganador al estampar su huella en la superficie lunar. Sin embargo, los motivos reales por los que se dio esta carrera resultaron mucho menos sublimes.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética se aliaron contra las Potencias del Eje (Alemania, Japón e Italia). A pesar de la desconfianza existente entre ambas naciones, avivada por doctrinas políticas incompatibles y sistemas económicos diametralmente opuestos, unieron sus fuerzas para combatir a los miembros del Eje. La victoria de los Aliados sobre las Potencias del Eje también marcó el fin de la “Gran Alianza”. Al desaparecer el enemigo común, el recelo y la desconfianza pasaron a primer plano, remplazando la cooperación entre ambas naciones por una confrontación ideológica, tecnológica y militar conocida como la Guerra Fría, que derivó en una delirante carrera armamentista.
Durante los primeros 15 años de la Guerra Fría (1945–1960), Estados Unidos acumuló un arsenal de 18,638 ojivas nucleares y la Unión Soviética aglomeró entre 300 y 500. Se dice que, en sus memorias, Nikita Khrushchev, líder máximo de la Unión Soviética entre 1953 y 1964, relató que John F. Kennedy, presidente de los Estados Unidos, llegó a presumir (si es que es algo presumible) que su país poseía la capacidad misilística nuclear para destruir a la Unión Soviética dos veces, mientras que los soviéticos solo tenían suficientes misiles para destruir a los Estados Unidos una sola vez (en una entrevista Khrushchev declaró en tono de broma: “Sí, sé lo que afirma Kennedy, y tiene toda la razón. Pero no me quejo. Nos basta con acabar con Estados Unidos una sola vez. Una vez es más que suficiente. ¿De qué sirve aniquilar un país dos veces? No somos un pueblo sediento de sangre”.
Bajo este telón, debe decirse claramente que el proyecto para llevar al hombre a la Luna no nació de nobles fines científicos o humanistas (aunque de él hayan derivado avances científicos y tecnológicos muy importantes y útiles para la sociedad moderna). Esta enorme empresa se “adornó con ciencia” para encubrir intereses políticos y militares. La realidad es que tanto Estados Unidos como la Unión Soviética pretendían intimidar al adversario exhibiendo la supremacía tecnológica que cada uno podía demostrar, sin llegar a un enfrentamiento directo. La competencia por el espacio no fue una mera curiosidad científica; fue una estrategia propagandística militar monumental e insuperable. Cada lanzamiento espacial no era un “pequeño paso para la humanidad”, sino un despliegue del poderío militar que respaldaba a cada nación.
El tiempo siguió su inexorable curso; la Guerra Fría comenzó a “enfriarse” y las relaciones entre ambas naciones se estabilizaron (no sin antes haber causado preocupación mundial en al menos un par de ocasiones: la Crisis de los Misiles en Cuba en 1962 y el incidente Able Archer en 1983). Fue entonces cuando el espacio dejó de ser un tablero de exhibición de vigor militar para convertirse en un recinto de cooperación científica internacional. En este nuevo periodo se desarrollaron importantes proyectos espaciales en los que han participado los Estados Unidos, la Unión Soviética (ahora Rusia) y otras naciones (el proyecto Apolo-Soyuz en 1975, el programa Shuttle-Mir durante la década de los 90 y el desarrollo de la magnífica Estación Espacial Internacional).
Sin embargo, tras ganar la carrera espacial y demostrar su inmenso poderío misilístico frente a la potencia rival, los recursos económicos destinados a continuar la exploración espacial se redujeron drásticamente. Así, entre 1964 y 1966, los fondos asignados a la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio, más conocida como NASA, representaron el 4.4 % del presupuesto federal de los Estados Unidos. Pero una vez alcanzada la meta de ser los primeros en pisar la Luna y con relaciones geopolíticas relativamente estables, el financiamiento a la NASA se desplomó: para 1970 se asignó apenas el 1.92 % del presupuesto federal total de los Estados Unidos a la NASA, cifra que marcó la primera vez que el presupuesto asignado a la agencia cayó por debajo del 2 % desde 1962. Si se pretendía continuar con la exploración espacial, se debía invertir en misiones más rentables. La NASA se propuso pasar de la realización de misiones de exploración con equipos “desechables” (los cohetes Saturno, con los que se impulsaron las misiones Apolo, se perdían tras cada lanzamiento) al uso de naves reutilizables y multifuncionales que redujeran drásticamente los costos de operación. De esta forma, desde finales de los años 60 se inició un proyecto prioritario para la NASA: el programa del transbordador espacial (llamado oficialmente Space Transportation System). En enero de 1972, Richard Nixon, entonces presidente de los Estados Unidos, anunció que la NASA comenzaría el desarrollo de un transbordador espacial de bajo costo y reutilizable. Sorprendentemente, en un breve periodo de 12 años (1979-1991), la NASA envió los transbordadores espaciales Columbia (1979), Challenger (1982), Discovery (1984), Atlantis (1985) y Endeavour (1991) al Centro Espacial Kennedy.
Desafortunadamente, en algunas ocasiones, en la vida confluyen eventos imprevistos que desencadenan situaciones profundamente dolorosas. Originalmente, la misión STS-51-L del transbordador espacial Challenger estaba programada para el 22 de enero de 1986. Los objetivos de esta misión eran: lanzar un satélite para mantener una comunicación fluida entre los controladores de vuelo en la Tierra y los tripulantes de los transbordadores en órbita, liberar al pequeño satélite SPARTAN-203 para estudiar el cometa Halley en su aproximación a la Tierra y, quizá lo más inspirador, llevar al espacio a la maestra Christina McAuliffe al espacio para realizar una serie de experimentos e impartir dos clases de 15 minutos que se televisarían en vivo a millones de estudiantes mediante circuito cerrado de televisión. Para la NASA era prioritario generar una buena imagen pública que mantuviera el entusiasmo de la sociedad y el apoyo de la opinión pública y asegurar el respaldo financiero del Congreso.
Sin embargo, contratiempos logísticos, fallas técnicas en algunos sistemas en los minutos finales y el mal clima provocaron que el despegue se postergara una y otra vez. El 28 de enero de 1986, cuando finalmente parecía que todo estaba en orden para realizar la misión, el lanzamiento del Challenger se pospuso nuevamente por dos horas debido a una falla en un sistema de detección de incendios. Además, la temperatura esa mañana era excepcionalmente baja (2 ºC) ya que una masa de aire ártico sin precedentes había azotado la península horas antes (de hecho, durante la madrugada previa al lanzamiento, la temperatura cayó a -8 ºC). Los espectadores que se encontraban en las áreas de observación oficiales del Centro Espacial Kennedy, en Cabo Cañaveral, para presenciar el despegue del transbordador espacial (muchos de ellos, amigos o familiares de la tripulación) se resguardaban del frío con gruesos abrigos, bufandas y guantes.
A las 11:37 (hora local), el Challenger encendió sus inmensos motores y despegó. El sistema de propulsión que impulsaba al transbordador espacial Challenger comenzó a elevarse lenta y pesadamente, ganando altura con cada segundo ante la mirada orgullosa de los familiares y seres queridos de los tripulantes. Y entonces sobrevino el desastre. Tan solo 73 segundos después de iniciado el despegue, el sistema de propulsión estalló en una violenta bola de fuego, desintegrando la nave sobre el océano Atlántico y arrebatándoles la vida a sus siete tripulantes. En Tierra, debido a la columna de humo de los cohetes aceleradores, los familiares se convirtieron en testigos confusos de la tragedia. Fue solo unos segundos después que comprendieron lo que había ocurrido. Las imágenes televisadas estremecieron al mundo en un silencio sobrecogedor e inolvidable.
La peor parte de este terrible evento es que pudo haberse evitado. Los ingenieros de la empresa Morton Thiokol habían advertido con antelación sobre algunas fallas críticas en las juntas tóricas (unos anillos de goma que sellan ciertas secciones de los cohetes). De hecho, doce horas antes del lanzamiento, el ingeniero director del proyecto de cohetes de combustible sólido de la compañía, Allan McDonald, se reunió con los directivos de la NASA para informarles que las juntas tóricas habían perdido elasticidad y que las condiciones ambientales de ese día empeoraban la situación, y recomendó suspender la misión y se negó rotundamente a firmar la autorización formal para el vuelo. La recomendación de los técnicos fue unánime: posponer la misión hasta que la temperatura superara los 11 ºC. Sin embargo, los directivos de la NASA rechazaron la advertencia. En esta obstinada decisión influyó un factor determinante: la presencia de la maestra Christina McAuliffe. Esta era una misión de muy alto perfil mediático. Millones de niños atenderían las clases que impartiría la profesora. Cancelar la misión era impensable. Para la NASA fue aceptable correr el riesgo de realizar el lanzamiento fuera de las mínimas normas de seguridad porque no había ocurrido, hasta ese momento y tras 24 misiones previas de los transbordadores, una catástrofe. Esta escalofriante autocomplacencia institucional cobró siete vidas y causó un dolor imborrable en el corazón de muchas familias.
Si bien no existen cifras oficiales definitivas, se estima que durante la Primera Guerra Mundial cerca del 28 % de los soldados heridos en combate que se contrajeron gangrena gaseosa fallecieron. La tasa de mortalidad por esta infección se redujo significativamente hasta el 15 % durante la Segunda Guerra Mundial, al 0.08 % en la Guerra de Corea y no se reportaron casos durante la Guerra de Vietnam. De igual forma, durante la Primera Guerra Mundial, la tasa de mortalidad por neumonía bacteriana fue cercana al 18 %, mientras que en el segundo conflicto esta tasa se redujo por debajo del 1 %. La notable diferencia en las tasas de mortalidad por enfermedades infecciosas de origen bacteriano entre ambos conflictos bélicos se debió principalmente a un factor revolucionario: el descubrimiento, la producción masiva y el uso generalizado de los antibióticos.
Según consta en diversos registros, tras regresar de unas vacaciones en septiembre de 1928, Alexander Fleming, médico británico, observó que la presencia del hongo Penicillium inhibía el crecimiento de ciertos cultivos bacterianos en su laboratorio. Este hallazgo fortuito habría pasado desapercibido sin la agudeza de Fleming, quien reconoció de inmediato el enorme potencial médico de ese hallazgo. Justo al estallar la Segunda Guerra Mundial en 1939, el farmacólogo australiano Howard Florey y el bioquímico alemán Ernst Chain (refugiado en el Reino Unido debido a su origen judío) lideraron un equipo para aislar, purificar y producir suficiente penicilina para realizar pruebas clínicas. En febrero de 1941 realizaron las primeras pruebas en el policía Albert Alexander. Irónicamente, Alexander no se infectó con una bacteria patógena en una herida mientras perseguía maleantes, sino que, en un día de asueto, mientras podaba las rosas del jardín de su casa, sufrió un rasguño a un lado de la boca y desarrolló una infección potencialmente mortal. Florey y Chain le administraron algunas dosis de la penicilina que habían aislado y purificado, y en poco tiempo se observó una notable mejoría en la salud de Alexander. Desafortunadamente, los métodos de producción de la época eran tan rudimentarios que el suministro se agotó, incluso tras reciclar el fármaco a contenido en la propia orina del paciente, y Alexander recayó y falleció semanas después. Pese al desenlace, la penicilina demostró ser un antibiótico eficaz contra infecciones bacterianas, lo que valió a Fleming, Florey y Chain el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1945.
Una vez estandarizados los métodos de producción, aislamiento y purificación de la penicilina, en medio de la Segunda Guerra Mundial, el uso de este antibiótico, considerado un recurso estratégico marcial, estuvo estrictamente restringido y racionado para las fuerzas militares aliadas. Esto otorgó una ventaja táctica clara e invaluable a los Aliados sobre las Potencias del Eje, ya que los soldados infectados por alguna bacteria patógena se recuperaban en poco tiempo, no requerían la amputación de alguna extremidad y podían regresar al campo de batalla, mientras que los ejércitos del Eje sufrían incontables pérdidas de personal en sus escuadrones. Casi al término de este conflicto bélico, tras el desembarco en Normandía (Día D), la restricción de este antibiótico desapareció gradualmente, ya que se logró mejorar su producción y comenzaron a generarse excedentes. En marzo de 1945, finalmente comenzó su distribución comercial al público en general, transformando para siempre la medicina y la salud de millones de personas.
Hasta la fecha, a pesar de las restricciones impuestas por las autoridades sanitarias a nivel global, los antibióticos se siguen usando de forma irresponsable. Algunos médicos aún los prescriben erróneamente para tratar infecciones virales, ignorando que las características estructurales de los virus son completamente distintas a las de las bacterias, por lo que estos fármacos resultan inútiles contra los virus. Por otro lado, el uso indiscriminado de los antibióticos es una práctica común en la industria ganadera, donde se administran no solo para tratar y prevenir enfermedades, sino también como promotores de crecimiento, ya que alteran la microbiota intestinal del ganado, modificando su metabolismo e incrementan el tejido adiposo. A esto hay que sumarle que algunos pacientes interrumpen los tratamientos con antibióticos establecidos por los médicos antes de tiempo. Esta cadena de negligencias genera presiones de selección que favorecen a las bacterias que mutan al azar y logran sobrevivir. El resultado es alarmante: cada año surgen nuevas cepas resistentes y multirresistentes a diversos antibióticos.
La resistencia a los antibióticos no solo dificulta la cura de infecciones, sino que también compromete el tratamiento de patologías crónicas y facilita la propagación de enfermedades. Algunos modelos predictivos estadísticos estimaron que, tan solo en 2019, casi 5 millones de muertes en todo el mundo se asociaron a la resistencia a antibióticos, recientemente denominada “la pandemia silenciosa”. Dicha cantidad incluyó, por supuesto, 1.27 millones de muertes directamente atribuibles a este fenómeno y se ha sugerido que la resistencia a los antibióticos se podría convertir en la principal causa de mortalidad, cobrando 10 millones de vidas al año con un costo estimado de 100,000 millones de dólares a escala mundial para 2050, si no se hace nada para contener este problema. Estamos tan acostumbrados al uso de los antibióticos y reconocemos inconscientemente sus formidables beneficios que se ha normalizado su abuso e ignoramos las graves señales de advertencia que aparecen ante nuestra vista (como el aumento progresivo de la resistencia frente a infecciones que antes eran comunes). El uso indiscriminado e irresponsable de los antibióticos es una pésima decisión que ha causado la muerte de un gran número de personas y un inmenso dolor a muchas familias.
Al analizar la tragedia del Challenger, la socióloga Diane Vaughan acuñó el concepto clave para entender el comportamiento de asumir riesgos innecesarios: “la normalización de la desviación”. Con este concepto Vaughan describe el proceso mediante el cual los miembros de una empresa, institución pública o comunidad consideran que sus actos viciados son normales y aceptables simplemente porque los han integrado en la conducta cotidiana de su entorno. Si bien sus acciones pueden infringir normas jurídicas o sociales y ser calificadas de reprobables, las personas que representan a estas instituciones no las consideran incorrectas, ya que se ajustan al ambiente cultural y social que prevalece en el grupo de trabajo en el que se desenvuelven y las repiten de forma sistemática.
Un ejemplo cotidiano y universal de este fenómeno es el siguiente: el reglamento de tránsito de cierta ciudad establece que la velocidad máxima permitida para transitar en una avenida es de 60 km/h. Se supone que las autoridades han realizado cálculos minuciosos que consideran el diseño de la calle, el tiempo de frenado y la probabilidad de que un peatón sobreviva a un atropello y, por ello, se ha establecido esa velocidad máxima. Pero en algún momento, la gente observó que, si conducían a 70 km/h, no ocurría algo malo, lo que generó una falsa sensación de seguridad que se contagió rápidamente al resto de la población. Pronto, la desviación se asimila como parte de la cultura vial, el riesgo potencial se invisibiliza y violar el reglamento de tránsito se normaliza por completo, tanto por los ciudadanos como por las propias autoridades, que dejan de sancionarlo.
Sobrevivir a una mala práctica o a una acción sin sufrir una catástrofe inmediata no implica que el sistema sea seguro. Tanto la NASA en 1986 (y en 2003, con la tragedia del transbordador espacial Columbia) como la humanidad en la actualidad, con el uso irresponsable de los antibióticos, han incurrido en el mismo error cognitivo: confundir la "ausencia de un desastre inmediato" con la "seguridad a largo plazo".
REFERENCIAS
Goldsworthy, P.D., y McFarlane, A.C. (2002). Howard Florey, Alexander Fleming and the fairy tale of penicillin. Medical Journal of Australia, 176(4), 176-178.
Price, M.R., y Williams, T.C. (2018). When doing wrong feels so right: Normalization of deviance. Journal of Patient Safety, 14(1), 1-2.
Vaughn, D. 1996. The Challenger launch decision. University of Chicago.
White, B.K., Mende, K., Weintrob, A.C., Beckius, M.L., Zera, W.C., Lu, D., Bradley, W., Tribble, D.R., Schnaubelt, E.R., Murray, C.K., e Infectious Disease Clinical Research Program Trauma Infectious Disease Outcome Study Group. (2016). Epidemiology and antimicrobial susceptibilities of wound isolates of obligate anaerobes from combat casualties. Diagnostic Microbiology and Infectious Disease, 84(2), 144-150.

El Dr. Arturo Sánchez-Paz es investigador titular encargado del Laboratorio de Virología del Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste en Hermosillo, Sonora, México. Su investigación ha generado casi 60 artículos publicados en revistas científicas internacionales y ha guiado y dirigido tesis de varios estudiantes de licenciatura y posgrado. Es miembro del SNII (II) y de la Academia Mexicana de Ciencias.
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